La tragedia humanitaria en la frontera Sur

Cultura

Es de sobra conocida la actitud hipócrita que la opinión pública mexicana ha sostenido a lo largo del tiempo en materia de migración: nos compadecemos y rasgamos las vestiduras por la dura realidad de nuestros connacionales en el norte, despreciamos y soslayamos el calvario de los peregrinos del sur. Ante el rampante dominio de grupos criminales a lo largo y ancho de la República Mexicana, el negocio del tráfico de personas se convirtió en uno de los más lucrativos para las bandas criminales.

El hallazgo de más de setenta cuerpos en San Fernando Tamaulipas, los cuerpos apilados en los servicios forenses mexicanos sin reclamo y, más recientemente, el éxodo multitudinario de personas (las llamadas caravanas) han obligado un análisis más depurado y profundo del tema.

Este ha sido atendido desde las trincheras del cine (por ejemplo con La jaula de oro de Diego Quemada-Díez), la literatura (Las tierras arrasadas de Emiliano Monge o La fila india de Antonio Ortuño) y, por supuesto, desde el frente periodístico, especialmente a través de la fuerza, valentía e inteligencia de un medio digital salvadoreño llamado El Faro, cuyo gafete de capitán portan los periodistas Óscar Martínez (Los migrantes que no importan El niño de Hollywood) y su hermano Carlos (entre muchas y muchos más).

En fechas recientes, una inédita alianza entre dos medios, El País El Faro, ha arrojado una serie de reportajes en un formato que despliega el arsenal que el periodismo digital ofrece hoy en día (inmersión profunda, fotografía, video) y nos permite adentrarnos en estos mil kilómetros de frontera que México comparte con Centroamérica para comprender mejor las dinámicas sociales, económicas y políticas, así como la dramática crisis humanitaria de la región.

Así nos hemos podido enterar de cómo un antiguo pueblo de pescadores en la frontera entre México y Belice ha cambiado de giro para recolectar los paquetes de cocaína que las avionetas procedentes de Colombia arrojan en la región, del asedio a la selva tropical, de la cooptación total que las fuerzas policiales han sufrido por parte del narcotráfico, de cómo Tapachula se ha transformado en una pérfida Babel que cambia de idiomas de tanto en tanto dependiendo de la oleada de migrantes en turno (Haití, África, Cuba, Honduras o Bangladesh, entre muchas otras nacionalidades) y de cómo la prostitución en este sitio ha pasado de una zona de tolerancia, a ser uno de los ejes económicos de una localidad en donde el circulante de dinero negro ha, paradójica y perversamente, subido la renta promedio de los alquileres.

El panel llevado a cabo en el Jardín Guerrero contó con la presencia de lujo del periodista norteamericano Jon Lee Anderson. Lo acompañaron el citado periodista Óscar Martínez, quien habló de la pusilanimidad y el entreguismo de los gobiernos de Centroamérica y México ante la presiones norteamericanas así como de esa figura otrora querida, hoy siniestra que son los coyotes; la periodista Elena Reyna quien dio cuenta de la discrecionalidad y arbitrio con el que la Guardia Nacional administra el flujo de personas en los retenes en la frontera sur y el periodista español Jacobo García, quien dio cuenta, entre otras cosas, del extraño asentamiento menonita que existe en la frontera entre México y Belice, configurando un contraste lacerante entre la productividad y funcionalidad de esta comunidad, y las décadas (¿siglos?) de abandono de las comunidades circundantes.